SIN PIEDAD

Código rojo, las preguntas de la pesadilla de la masacre en Florida

Estados Unidos, golpeado por los interrogantes de Florida. (Foto: ABCnews)
Estados Unidos, golpeado por los interrogantes de Florida. (Foto: ABCnews)
El caso de los estudiantes y profesores de la secundaria de Parkland, Florida, asesinados ilustra el problema de la distribución de las culpas por parte de una sociedad y sus élites.
La disponibilidad de armas de fuego, al alcance de cualquiera. Que la culpa es ahora del FBI que no procesó las señales de alarma. Que son necesarias medidas nuevas y especiales para proteger las escuelas. Que deben actualizarse los criterios de un “perfil peligroso” para adelantarse a otras tragedias.



Todas esas explicaciones y causalidades son parte de la verdad pero no son la verdad propiamente dicha. Y es, acaso por primera vez, que elementos de la población afectada culpan a los políticos y un estudiante anunció el sometimiento judicial a estos por haberlos  abandonado. Podrían citarse otras explicaciones suministradas por periodistas, analistas, policías y otras autoridades, pero no es necesario.

Las matanzas, masacres o como se las quiera llamar se repiten cada vez a mayor escala y cada vez con mayor frecuencia. No existe perfil válido alguno. No se trata de musulmanes fanáticos, negros odiosos, blancos frustrados, jóvenes drogados, adultos rencorosos, gente desesperada por la pobreza o abrumada por la abundancia.

Los asesinos surgen de cualquier parte, proceden de cualquier litoral y sus motivaciones, son, como su origen: múltiple, empero, dos elementos son comunes y claves: uno es el entorno y el otro es la naturaleza de los seres humanos que reaccionan de manera distinta a estímulos iguales.

Antes de explicar estos dos factores, debo adelantarme a un razonamiento que veo venir: estas masacres son típicas y recurrentes de la sociedad americana y tienen que ver con las condiciones específicas de ese país, especial, pero no únicamente la disponibilidad de armas de fuego.

Superar ese argumento no es nada difícil. Hasta el 20 de abril de 1999 ninguna masacre de este u otro tipo similar excepto la de la Universidad de Texas en 1966, había tenido lugar. Columbine fue la primera, pero las armas habían estado disponibles en los EE. UU. desde siempre. Luego, cabe preguntarse ¿qué había cambiado entonces, que se rompió?

 Y la respuesta es: el entorno, el contexto es lo que había cambiado y sigue cambiando. Pérdida de lealtad, compasión, solidaridad, desinterés como prolegómeno de otras pérdidas de la fe, la esperanza, la justicia. La convicción cada mas arraigada y extensa de que nada vale la pena.

La pérdida de la noción de distancia entre el derecho de los demás y mis apetencias e impulsos. La intolerancia que además exaltan las redes donde puedo con un click deshacerme de lo que no me gusta y adherirme a lo que quiero, donde puedo opinar, exaltar y condenar sin necesidad de argumento ni conocimiento y sin asumir responsabilidad social o legal.

Mientras los valores que dieron sustento a la presente civilización colapsan por todas partes, los medios de comunicación difunden incesantemente, como noticia, como propuesta y como ejemplo la vida de los ricos y famosos pero de tal forma que quedo invitado al banquete y dejan a mi albedrío como y cuando hacerlo.

Toda esa exaltación de ruido, violencia, sexo, lujo y extravagancia ha creado un mundo nuevo y distinto que parece real, pero no lo es. Borra las distancias y los contornos; sumerge a la gente en una pantalla, en una imagen o en un sueño y además les hace creer que es alcanzable. De todos modos, la brecha entre percepción y realidad se agranda, la intolerancia y el rencor causan el extravío, la confusión.

Pero, ¿ no debería afectar a todos por igual? Claro que no. A mi algunos mariscos me dan alergia, hay quienes reaccionan a la pimienta, los antibióticos curan y como otros medicamentos pueden causar la muerte y las hormonas que consumimos a diario en pollos y huevos a mi hasta ahora no me han hecho nada -que yo sepa- pero son las culpables de la epidemia mundial de obesidad y el desarrollo temprano de niñas y adolescentes cuyos órganos se ven además claramente sobredimensionados en muslos, caderas y pechos para solo citar ejemplos muy a la vista de todos.

Es decir, el mismo entorno afecta de manera diferente deprimiendo a unos millones que viven bajo pastillas, enloquece a otros que acuden en masa a la cocaína, heroína y otros, embrutece, anula, seda o adormece a otros tantos y desgarra la mente de muchos incapaces de distinguir entre realidad y ficción, gente que dejó de darse cuenta donde empezaba una vida y comenzaba la otra.

Pero ese entorno cuya importancia es crucial, no solamente produce el divorcio entre mundo real y virtual sino que lo hace mientras tiene lugar una pérdida sistemática y brutal  de los valores, normas y rasgos del mundo que hemos llamado civilizado y que ha empezado a dejar de serlo y todo acontece a extrema y alucinante velocidad: fast and furious.

Estos hechos ocurren con mayor frecuencia en los Estados Unidos solamente porque allí está mas avanzado el proceso de desdoblamiento, la alienación masiva, el embrutecimiento deliberado y el estilo de vida que glorifica el éxito a expensas de todo lo demás. El capitalismo o según Streeck el post-capitalismo en Estados Unidos ha difundido y en cierto modo transferido a todos los demás países y sociedades del mundo este destructivo sistema de valores.

Siempre nos dijeron que el sitio para los niños y adolescentes era la escuela. Nos sentíamos seguros y esperanzados de que nosotros mismos y nuestros hijos fueran y estuvieran física y emocionalmente en la escuela. ¿Y ahora? Cómo puede ningún gobierno, ninguna autoridad, en ninguna parte de este mundo nuestro, explicarle a los padres que ya sus hijos ni siquiera en la escuela pueden estar seguros.

Ninguna sociedad puede admitir que lo está haciendo tan mal como para que estas tragedias tengan lugar. Todos los dirigentes, líderes y encargados se sienten obligados a mirar para otra parte porque la idea de ir al mero fondo de todo esto insinúa rutas impensables y abre un camino que muchos no quieren transitar. Justamente en esta incapacidad de un sistema y de una civilización para verse a si misma, con entera honestidad, radica la garantía de que nuestra civilización no tiene remedio y tampoco futuro.

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